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Archivo de la etiqueta: vacíos urbanos

Un día de verano una amiga nos envió un proyecto maravilloso, Los lugares fértiles, de Pilar Soto (Jaén, 1984). Durante el verano pasado, la Residencia de Arteducación MCTM del Museo Thyssen de Málaga recayó en esta artista y Doctora en Bellas Artes con Mención Internacional (2017).

El proyecto proponía que los espacios residuales de la ciudad se erigieran como los nuevos lugares fértiles para el desarrollo de la creatividad. Para ello, se utilizó el interior del museo como “laboratorio de ideas” y el espacio seleccionado como “lugar fértil” (solar de Caffarena) se transformó en el lugar de inspiración y acción, donde el contacto con la tierra y el desarrollo de la vida fueron uno de los ejes principales para la creación. En un juego de interior y exterior el proyecto pretendía crear redes entre la comunidad artística y los habitantes de la zona con el fin de generar sinergias y experiencias que derribaran los muros entre el arte y la cotidianidad. El proyecto eco-artístico transformó un espacio urbano de la ciudad de Málaga a través de la intervención de los participantes que asistieron al laboratorio de creación desarrollado a lo largo del mes de julio de 2018 en el Museo Carmen Thyssen Málaga. El Solar de Caffarena, en el distrito de Teatinos, se convirtió durante unos días en un punto de encuentro transdisciplinar de reflexión socioambiental y experimentación. Un laboratorio formulado desde la co-creación, la sensibilización  medioambiental y su vinculación con las prácticas artísticas colaborativas en el espacio público. El objetivo del programa puesto en marcha por la residente, en colaboración con el Área de Educación del Museo, fue fomentar el pensamiento crítico, el desarrollo creativo y la conciencia ecológica para generar espacios comunes más libres y en equilibrio con la naturaleza.

Una idea muy conectada con nuestros proyectos de regeneración de solares en el conjunto histórico de Jaén. En el caso de Pilar, la idea era activar, mediante metodologías artísticas, a un grupo de personas para que individual y/o colectivamente reflexionen y proyecten sobre un posible “lugar fértil” cercano al Museo. En nuestro caso, el objeto del proyecto era activar la participación ciudadana, especialmente a nivel de barrial (con conocimiento desde la experiencia, lo cercano y el contacto; lo vivencial), para que la regeneración de los solares partiera de necesidades reales y para que su mantenimiento en el tiempo fuera el resultado de la apropiación del territorio, además de una cooperación entre habitantes del lugar e instituciones, todo con asesoramiento técnico tanto municipal como externo. De esta manera, un vacío urbano abandonado pasaría a ser parte de la red de espacios públicos de la ciudad (tan carente de ellos, especialmente en la zona antigua), un escenario urbano para el disfrute y desarrollo de la vida.

>> Así que, como imaginaréis, hemos empezado a maquinar y a tejer redes de trabajo colaborativas…

 

 

Una Acción Urbana se define, de manera general, como una transformación efímera a pequeña escala (normalmente también a bajo coste), cuyo objetivo es dinamizar un espacio público infrautilizado u olvidado y cederlo a los ciudadanos durante un espacio de tiempo.

Las acciones urbanas surgen de una realidad: de numerosos lugares vacíos y abandonados que existen en nuestras ciudades. Bien por ser vacíos históricos (de larga duración) o bien porque la burbuja inmobiliaria los dejó huérfanos de promotor y/o proyecto.

Y también surgen de un deseo. Del deseo ciudadano de aprovechar y desarrollar el potencial albergado por estos lugares para ser regenerados y transformados en espacios para la ciudadanía; y del deseo de una nueva generación de arquitectos que quieren escuchar a la hora de proyectar, abriendo una brecha –llena de posibilidades- con la enseñanza y la práctica tradicional y académica de la ordenación de la ciudad. Con estas prácticas participativas, se devuelve el papel protagonista de unos pocos a otros muchos actores implicados, empezando a “mirar la ciudad desde un punto de vista más humano, no sólo desde la arquitectura formal, sino desde las personas, los flujos, los movimientos, las actividades y las necesidades de la gente y del lugar” (Carrasco Bonet, 2011).

Las estrategias basadas en acciones urbanas participativas, se basan en generar sentimientos de identidad, vinculados a lo cercano, lo local, lo emotivo, lo concreto, lo cercano, lo vivencial, lo subjetivo y lo cotidiano; ya que al no sentirnos ajenos a nuestras ciudades, asumimos la co-responsabilidad del acto de hacer ciudad, comprometiéndonos con el mantenimiento de sus valores. Al mismo tiempo, cuanto más nos reconocemos como parte de un lugar, más nos hacemos custodios y responsables del mismo, garantizándose la continuidad de los procesos participativos urbanos. Por lo tanto, el primer paso para generar un proceso participativo, será el de “crear marcos de memoria y relación entre la gente, vinculándolos a un lugar concreto. La sensibilización, la educación, el contacto y el conocimiento del territorio, deben empezar a considerarse aspectos tan básicos como la legislación o las metodologías de gestión” (Fariña, 2014).

#AcciónUrbana en Jaén, #PROYECTOrEAcciona. Imagen: @estudioatope

Los procesos participativos han de partir del hecho de mejorar las condiciones de existencia y la calidad de vida, teniendo como base los recursos y potencialidades del contexto en el que van a tener lugar, adaptándose a cada caso. Cada acción propuesta y realizada nos ofrece herramientas y oportunidades urbanas que todos los ciudadanos (administración, técnicos, etc) debemos regularizar, aprender a manejar y aprovechar para establecer pautas que regeneren y conecten el tejido urbano a través de espacios simbólicos donde fomentar la participación ciudadana.

Realizar acciones urbanas en dichos lugares supone re-habitarlos de nuevo (si es que alguna vez lo estuvieron) para apropiarnos de ellos a través de su uso, de la memoria y el imaginario colectivos. Dicha apropiación servirá como herramienta de proyecto en la elaboración de procesos urbanos basados en la participación ciudadana, estableciendo lazos de identidad tanto con nuestra propia historia individual, como con la historia común de nuestros barrios, siendo nosotros mismos parte de la memoria colectiva del lugar.

La propuesta de elaborar actividades en estos vacíos para transformarlos en espacios públicos, significa establecer conexiones emocionales que generen la apropiación emocional indispensable en la identificación del individuo con el espacio (Smithson, 1970). Ya que “habitar implica reconocernos e identificarnos con nuestro entorno. La identidad se construye en base a la relación con distintos factores, y principalmente, a nuestra relación con los objetos y con el espacio” (Morelli, 2009).


El derecho a la ciudad no sólo es el acceso a sus recursos, sino también el derecho a reinventarla (Henri Lefebvre, 1968).

María Toro Martínez [Estudio Atope]

 
**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA CIUDAD VIVA**
 

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