archivo

Archivo de la etiqueta: HACER CIUDAD

Hace unos días veíamos en el muro de facebook de una amiga esta noticia que llamó profundamente nuestra atención: Los niños recuperan la calle. Nuestra amiga no es arquitecta; es cierto que estudió Aparejadores hace ya mucho tiempo, pero su vida, sus deseos e inquietudes, la han llevado por otros derroteros emprendedores llenos también de creatividad, diseño y tesón. Sin embargo, leemos esta iniciativa y vemos (con una sonrisa) que los promotores de la idea han sido una pareja de arquitectos. Y es que llevamos pensando ya mucho mucho tiempo, que somos mentes inquietas (¡en tantos ámbitos!)… o al menos, el grupete que salió de la ETSA-Granada, nuestros compañeros que ya llevan siendo nuestros amigos casi 17 años (ahí es na). Y es que nos acordamos de ellos porque esta propuesta, podría haber salido de cualquiera de nuestras conversaciones de whatsapps, de teléfono, del blog ’99 que compartimos algunos, etc.

Y sin más rodeos, os contamos esta propuesta que surgió hace 4 años buscando “devolver el uso común y mediterráneo a la calle, en definitiva, hacer ciudad”. Los arquitectos, y padres primerizos, María Bermejo y Arturo López necesitaban un lugar cerca de casa donde su hijo pudiera jugar, relacionarse con otros niños “y, por qué no, que también les brindara a ellos la oportunidad de entablar nuevas amistades con otros adultos. Arturo recuerda casi abrumado que María paraba a otras parejas que ya tenía bicheadas para proponerles quedar en la calle. De allí a crear un grupo de Whatsapp quedaba un paso. Ahora son 76 familias. Al principio se reunían en la plaza de La Constitución, pero se vieron obligados a mudarse por el efecto de la Semana Santa, la Feria y los múltiples acontecimientos que periódicamente la ocupan. Buscaron a conciencia un lugar amplio, fresco en verano y cálido en invierno. La calle Alcazabilla reunía todas las condiciones […] aún sin columpios ni cualidades preestablecidas para el juego, tienen que inventar”, explica María Bermejo. Ellos no han conocido aquellas calles desiertas a la caída de la tarde, que muchas veces daban miedo, recuerda Isabel Valero, madre de la plaza ahora sorprendida porque se haya pasado de no haber un solo bar al otro extremo. Es verdad que dan mucha vida a la ciudad, pero empiezan a pasarse, sobre todo con las terrazas, explica. Lo peor es que no respetan la vía pública de forma continuada, agrega María Bermejo. No obstante, reivindica su lugar en esta encrucijada de intereses: La ciudad es nuestra. Tiene sus inconvenientes, pero sabemos cómo sortearlos y compensa“.

Como decía Francesco Tonucci, “los adultos somos peores si no nos controlan los niños, peores como personas, como conductores, etc. y la ciudad se hace así más insegura“, y cuando esto pasa, suele estar directamente relacionado con el momento en que sus habitantes, residentes y usuarios, no se sienten seguros en sus aceras. Como decía Jane Jacobs, “mantener la seguridad de una ciudad es una tarea fundamental de sus aceras y sus calles“. La gente llama a la gente. Una calle se hace menos insegura cuando las relaciones de confianza en el grupo se restablecen, cuando hay ojos que nos vigilan dentro de una cohesión vecinal establecida y tejida con acciones cotidianas como ésta que hoy os mostramos. Cuántas veces no nos hemos contado los unos a los otros cómo nuestros padres nos mandaban andando al cole (el cual siempre estaba en un radio cercano) cuando contábamos con 10-11 años, confiando en el resto de madres (generalmente) que iban en el mismo camino, en la propietaria de la tienda de chucherías de la esquina o en el grupo de hermanos mayores que hacían también de custodios urbanos. Y esto es algo que se debe construir tanto de arriba a abajo propiciando espacios públicos, manteniendo su calidad y sus cualidades, fomentando actividades que permitan a los ciudadanos “compartir su tiempo y sus pensamientos. Espacios donde aprender a mediar, a ceder, a reconocer a los demás en sus diferencias y necesidades. Abogando por una confianza y un sentimiento de comunidad que a la vez respete la intimidad de las personas” [1]; como también de abajo hacia arriba siendo agentes activos y responsables en el cuidado de nuestras ciudades. Entendiendo por cuidado una educación urbana básica: limpieza, capacidad para compartir nuestros espacios, de ayudar en caso de necesidad a nuestros vecinos si ocurre algún altercado en nuestras aceras, de confiar en el juego de nuestros hijos en la calle, de pensar cómo pueden funcionar mejor nuestros espacios públicos dependiendo de nuestras necesidades… de ahí a querer opinar en el diseño de la regeneración de nuestros espacios públicos, de demandar una cogestión para los mismos, hay un pequeño paso que deben propiciar administraciones e instituciones incluyendo acciones de participación ciudadana (pero de verdad) dentro de sus agendas.

Imagen: Málaga Hoy

Imagen: Málaga Hoy

[1] Gutiérrez, B.; Muxí, Z. (2011) Apuntes sobre Jane Jacobs. Muerte y vida de las grandes ciudades (p. 9). Madrid: Capitan Swing.

Hace un mes asistimos como ponentes al seminario “Protección y gestión del Paisaje Urbano Histórico”. Un encuentro organizado por la comisión ‘Patrimonio y Ciudad’ del Grupo Ciudades Patrimonio de la Humanidad, destinado a técnicos y responsables de diferentes administraciones (local, autonómica y estatal) así como a estudiantes, profesionales e investigadores de áreas como urbanismo, arquitectura, arqueología, historia, arte, geografía, sociología, etc. Nuestra ponencia versaba sobre la realidad o la ficción de la participación ciudadana como estrategia urbana dentro de los nuevos modelos de gestión de nuestras ciudades. Rodeados en esta ocasión, por técnicos y funcionarios, nuestro entusiasmo por los pequeños logros ciudadanos que estábamos llevando a cabo en Jaén en espacios públicos y solares abandonados del conjunto histórico, se vio tanto alentado como criticado.

Una vez terminado el seminario, comenzamos a analizar los comentarios recibidos, que podemos resumir en:

>> La participación ciudadana es peligrosa y se utiliza como moneda de cambio: quiénes son los ciudadanos buenos y quiénes son los malos.

>>Sois demasiado jóvenes, optimistas y utópicos. Los modelos de autogestión propuestos, así como las acciones urbanas participativas son complicadas de introducir en los modelos actuales de desarrollo urbano.

>>Es imposible que participe todo el mundo.

>>Los asistentes no tenían conocimiento de movimientos ciudadanos que están intentando modificar las formas tradicionales del urbanismo y la arquitectura (es más, pensaban que nuestras acciones eran casi exclusivas).

Hemos estado ya en varios congresos, encuentros y seminarios sobre reciclaje urbano y también sobre la protección, conservación y desarrollo del patrimonio. Todos con el objetivo de querer reunir a los distintos agentes mencionados anteriormente: tanto los que trabajan en procesos top-down (administración) como los que están trabajando en estrategias basadas en el bottom-up (colectivos ciudadanos). Y en todos ellos hemos encontrado un punto débil: no hay interacción. Es decir, a los encuentros organizados por colectivos implicados en empoderamiento ciudadano e innovación social, asisten personas con los mismos intereses; y a los organizados por instituciones y/o administraciones, acuden técnicos y funcionarios.

Pocas veces hay diversidad de público en estos encuentros. Y no por falta de interés de los organizadores, o porque no tengamos el mismo objetivo (hacer ciudad), sino que se debe más bien a que las administraciones nos ven como enemigos (y además, enemigos no rentables) y los colectivos vemos a la administración, a sus técnicos y funcionarios, como una barrera infranqueable y conservacionista.

Desde nuestra pequeña experiencia en los proyectos de participación ciudadana #rEAvivaJaén y #PROYECTOrEAcciona para la dinamización de espacios públicos y la regeneración de solares abandonados, hemos tenido tanto acogida como rechazo, trabajando con técnicos que apostaban por el cambio y con otros que nos miraban incrédulos ante nuestras propuestas. Y a día de hoy, podemos afirmar que trabajar con la administración es un proceso lento que requiere de grandes dosis de paciencia por ambas partes. Fue en el seminario de Cuenca donde nos decidimos a seguir esforzándonos y confiando en la energía vecinal del conjunto histórico que se ha unido para defender y mejorar el patrimonio de la ciudad. Y todo gracias a una pregunta que nos lanzó una concejala: ‘¿creéis que el ayuntamiento debería seguir esforzándose por un barrio en el cual cada vez hay menos gente?’. Sí, lo creemos (es más, seguramente su situación actual parta de estos interrogantes). Y seguiremos luchando por mejorar este conjunto histórico entre todos, aun sin cristales en las farolas.

Es más, nos sentimos confiados en el proceso de cambio gracias a la reunión esta semana de #MadridLaboratorioUrbano en Media Lab Prado, un encuentro donde se reunieron colectivos, arquitectos, funcionarios del ayuntamiento de Madrid y especialistas en derecho local, urbanismo, derecho asociativo y seguros y responsabilidad civil. La problemática de los colectivos era similar: cómo negociar con las administraciones sin representar un peligro, cómo optar a la cesión de un espacio público, un solar o una infraestructura para realizar actividades en beneficio de la ciudadanía y cómo prolongar estas cesiones en el tiempo. Y para la administración surgía la duda de quién tiene la responsabilidad de esos espacios una vez cedidos, y el por qué renovar la cesión a un colectivo y no a otro.

Por lo tanto, está claro que algo debe cambiar en ambas direcciones, ya que entretejer nuestras experiencias y conocimientos puede mejorar nuestras ciudades. Y el logro no estará totalmente realizado si no se empieza una escucha activa desde arriba y desde abajo. Debemos dejar de vernos como enemigos y empezar a mirarnos como oportunidades, como colaboradores, ya que trabajamos por un objetivo común: mejorar nuestros barrios y devolver la calle al ciudadano (aunque esto último ya de por sí puede representar una amenaza). Nuestros lenguajes son diferentes aunque hablemos del mismo tema, y es por esto que surge la falta de entendimiento.

Reflexionando sobre estas jornadas, podemos concluir que:

>> debería existir una figura jurídica representativa para colectivos que deseen autogestionar determinados espacios en la ciudad, y con la que la administración pueda negociar.

>> se empieza a trabajar con el concepto de custodia urbana, un término empleado en suelo agrario, y que trasladado a la ciudad consistiría en facilitar la participación de la ciudadanía para la conservación de un espacio para su utilización realizando acciones de interés social y general.

>> se ha de reconocer el valor social de actividades promovidas por la ciudadanía.

Entre todos los ciudadanos que trabajamos de forma distinta (y en esto radica la riqueza de nuevas experiencias), podemos explorar formas de convivencia distintas y construir nuevas formas de hacer ciudad.

 

María Toro Martínez [Estudio Atope]

 
**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA CIUDAD VIVA**
 

A %d blogueros les gusta esto: