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LA CIUDAD VIVA

La Nueva Agenda Urbana (NAU), elaborada en Quito, es un documento que enumera una serie de objetivos “para lograr un futuro mejor y más sostenible en el que todas las personas gocen de igualdad de derechos y de acceso a los beneficios y oportunidades que las ciudades pueden ofrecer” (HÁBITAT, 2016). Constituye una amplia declaración de intenciones positivas para las ciudades y sus habitantes, que también presenta fuertes contradicciones: 

  • Fue redactado antes de comenzar el encuentro, por lo que los debates centrales se desvirtuaron. Además, “las personas que llegaron a la reunión oficial lo hicieron más para visibilizar proyectos, legitimar posturas y vender ilusiones que construir un horizonte para las ciudades” (CARRIÓN, 2016). Todo esto hizo que el foro se convirtiera en una especie de feria de exposiciones donde la ciudad fue tomada como objeto. 

  • En dicha redacción no participaron todos los agentes que intervienen en el acto de hacer ciudad, cuando en múltiples epígrafes se describe la importancia de contar con ellos y empoderarlos. Como expresa Borja (quien, junto con Fernando Carrión, organizó en Bogotá un foro alternativo a Hábitat III), la cuestión es si los gobiernos locales pueden ejecutar sus planes y proyectos, ya que son los Estados quienes “definen recursos, grandes infraestructuras, transportes regionales y nacionales, diseñan las políticas sociales, de vivienda, urbanística… pero no tienen sensibilidad ciudadana ni conocen la integralidad de la realidad urbana”. Refiriéndose al foro, Carrión (2016) afirma que “la cooperación internacional diseñó las políticas, los gobiernos nacionales se comprometieron y los municipios deberán acatar lo resuelto”; otra vez el consabido de arriba hacia abajo cuando lo que se promulga en el documento es justamente lo contrario. 

  • Se abusa del urbanismo de los conceptos, donde los objetivos son archiconocidos y han sido debatidos, estudiados y teorizados: frente a la inseguridad ciudadana propone una ciudad segura, frente a la ciudad de desigualdades sociales sugiere la inclusiva y diversa, etc. 

En resumen, se enumeran unos objetivos que en ocasiones resultan demasiado ambiciosos obviándose el cómo, el quién y el para quién. Esto se visibiliza muy bien en una acción que surgió paralela al foro: la ruta de la Experiencia. Una intervención singular de urbanismo táctico para mostrar cómo conferencias internacionales de este tipo aterrizan en las ciudades con financiación, actividades y charlas de las que el ciudadano de a pie no tiene conocimiento, para dejarlas vacías al día siguiente. Su deseo fue “crear un proyecto que cambiara realmente un área de Quito para dejar un legado después de que el show se fuera de la ciudad” (URBANOS, 2018). 

Imagen 01: @estudioatope. Taller de Arquitectura y patrimonio para niños #tEAtraeNuestroPatrimonio, Jaén, 2015.

¿No podría ser la NAU una oportunidad para elaborar una guía metodológica que sea el punto de partida para trabajar en el urbanismo de las personas, un urbanismo participativo que parta del conocimiento y las experiencias de lo local, lo cercano y lo vivencial? Una herramienta que diera claves y pautas sobre cómo elaborar estrategias y metodologías multidisciplinares con técnicos formados, que incorporase a todos los actores, que visibilizara y mapeara experiencias que sirvieran a otros municipios con problemáticas parecidas. El reto de las NAU es ser un instrumento de trabajo que pueda ser aplicado y moldeado en función de cada comunidad y sus dimensiones físicas, medioambientales, sociales, políticas, económicas, urbanísticas, arquitectónicas, etc. Que promueva la participación ciudadana no como hechos aislados, instalaciones efímeras o momentos de información y consulta, sino como procesos a largo plazo que generen compromisos sociales e institucionales para que ésta sea efectiva y no se quede en palabras o acciones puntuales. 

Los objetivos son los mismos desde hace décadas, siendo los movimientos sociales y los colectivos técnicos (la crisis fue una oportunidad de reinventar profesiones y volcarse en que lo social tuviera el mismo peso que lo científico y lo político) los que han conseguido hacer realidad transformaciones urbanas comenzando desde abajo, muchas veces al margen de las administraciones o con trabas por parte de éstas debido al miedo a perder las estructuras de poder convencionales. Es necesario salir a la calle desde ayuntamientos y oficinas; y cooperar. Cooperar entre disciplinas profesionales, entre concejalías, asociaciones y con la población en general. Como decía Jane Jacobs, “el urbanismo se ha de embarcar en la aventura de verificar el mundo real”. 

No es posible hablar de urbanismo participativo si no se cree en él más allá de nombrarlo para obtener subvenciones o votos; hay que creer en el proceso, evaluar cada paso, volver atrás, legitimar acciones, generar figuras jurídicas que representen y comprometan a los vecinos, descentralizar las instituciones y contar con la ciudadanía empoderada, preparada e informada para llegar al detalle de la realidad urbana. Se habla mucho del tejido asociativo (CASTILLO, 2016) y hay que ir más allá, ya que muchas veces las asociaciones están politizadas y no representan al conjunto de la ciudadanía. Hay que inventarse nuevas formas de participación y representación a pie de calle, apoyándose en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. 

En el urbanismo de las personas el patrimonio puede tener un papel fundamental para “la rehabilitación y revitalización de las zonas urbanas, el fortalecimiento de la participación social y el ejercicio de la ciudadanía” (HÁBITAT, 2017). Observemos el incendio de Notre Dame, ¿qué fue ese sentimiento colectivo que se generó aquella tarde? La pérdida de un símbolo cultural que va más allá de las fronteras parisinas y francesas, un hecho palpable de cómo “la herencia construida es uno de los últimos signos de cohesión social de los que disfruta el ser humano” (DE MOLINA, 2019). Hay que aprovechar la capacidad del patrimonio para “cohesionar individuos en algo superior a ellos” (DE MOLINA, 2019) gracias a que éste teje la memoria y la identidad colectiva de la sociedad. Y esto debe ser escuchado por las instituciones (ya sean locales, estatales o internacionales), deben aprovechar esta chispa de la participación y ser sensibles a la opinión de sus ciudadanos, para darles voz e incorporar sus deseos (estudiados, contrastados y analizados por técnicos especializados) en los procesos de transformación y mejora urbana. 

Imagen 02: @elcreata. Imagen nacida por la reforma de la Plaza Deán Mazas en #Jaén (2018), donde parte de la ciudadanía solicitó y expresó mediante varias acciones, que finalmente no tuvieron éxito, que se mantuviera el pavimento característico de la ciudad. “El suelo de una #ciudad que vio nacer a sus habitantes, es el fiel testimonio que revela el amor o la desidia de los que comparten esas tierras; los unirá o los separará para siempre”

BIBLIOGRAFÍA 

BORJA, J. (2016) Cumbres como Hábitat III son una farsa. Semana [en línea], 21 de octubre de 2016 <https://www.semana. com/nacion/articulo/habitat-iii-criticas-del-urbanista-jordi-borja/499743> [Consulta: 15/04/2019] 

CARRIÓN, F. (2016) La “Agenda Oculta” de Hábitat III en Quito. El País [en línea], 14 de noviembre de 2016 <https://elpais. com/elpais/2016/11/10/seres_urbanos/1478767051_442355.html> [Consulta: 15/04/2019] 

CASTILLO, A. (2016) Relaciones entre ciudadanía y agentes patrimoniales desde la perspectiva de la investigación académica: retos pendientes en la gestión del patrimonio cultural. Revista PH [en línea], n.º 90, 2016, pp. 205-207 <http://www.iaph.es/revistaph/index.php/revistaph/article/view/3802&gt; [Consulta: 26/04/2019] DOI: https://doi.org/10.33349/2016.0.3802 

DE MOLINA, S. (2019) Arde y no se quema. Sobre el incendio en Notre Dame y el papel de la arquitectura. Fundación Arquia Blog [en línea], 22 de abril de 2019 <https://blogfundacion.arquia.es/2019/04/arde-y-no-se-quema-sobre-el-incendio-en-notre-dame-y-el-papel-de-la-arquitectura/&gt; [Consulta: 15/04/2019] 

AGENDA urbana española [en línea] (2018) Gobierno de España, Ministerio de Fomento, 2018 <http://www.aue.gob.es/&gt; [Consulta: 15/04/2019] 

GUERRERO CASAS, M. (2019) Las calles que nos abren (o nos cierran) al mundo. El País [en línea], 10 de abril de 2019 <https://elpais.com/elpais/2019/04/08/seres_urbanos/1554716337_434326.html#?ref=rss&format=simple&link=guid&gt; [Consulta: 17/04/2019] 

JACOBS, J. (2011) Muerte y vida de las grandes ciudades. Madrid: Capitan Swing, 2011 

HÁBITAT III: Agenda Urbana: Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Vivienda y el Desarrollo Urbano Sostenible [en línea] (2017) Naciones Unidas, 2017 <http://habitat3.org/wp-content/uploads/NUA-Spanish.pdf&gt; [Consulta: 15/04/2019] 

El IMPACTO del turismo en ciudades Patrimonio de la Humanidad (2019) paisaje transversal blog, negociación urbana para la transformación colectiva [en línea], 4 de enero de 2019 <https://www.paisajetransversal.org/2019/04/el-impacto-del-turismo-en-las-ciudades-Patrminio-Humanidad-Conama-local.html?fbclid=IwAR3prJK6qqIyWvYo3E4hzFgFx_so-R-q2pIpueE30e_X8dmXs3_BHxt4p2o&gt; [Consulta: 22/04/2019] 

UN Habitat III village–Ruta de la Experiencia (2018). URBANOS [en línea] <https://www.urbanos.nl/es/portfolio-items/un-habitat-village-ruta-de-la-experienica/&gt; [Consulta: 10/04/2019]

 

* ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA REVISTA PH *

 

 

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Al hilo del anterior post, Hacia un urbanismo participativo, la pregunta que habría que plantearse ahora es quién debe participar en los nuevos modelos de gestión urbana basados en el trabajo colaborativo entre distintos agentes y múltiples disciplinas.

“En cualquier sintomatología de enfermedad urbana, se puede detectar que las causas básicas son lo social, lo económico, lo urbanístico” y lo medioambiental (Márquez, 2014), o la interacción entre ellas. Si además se tiene en cuenta el concepto de ciudad que surge del desarrollo urbano integral, como un todo resultante a partir de la suma de piezas diferentes provenientes de todas las dimensiones posibles, surge la necesidad de planificar desde una visión holística.

“El ayuntamiento ya no será el gestor único de la ciudad, sino que se sumarán al acto de hacer ciudad otros agentes implicados, ya sean personas, entidades o empresas” (Borja, Muxí, 2000), lo cual significa que las estructuras de poder actuales deben cambiar para incorporar a dichos agentes, y que en la gestión de los nuevos modelos de ciudad, deben participar, al menos, estos tres bloques:

[1] La sociedad civil, quien puede aportar su conocimiento vivencial, la experiencia cotidiana de pasear y usar las calles. Tras el urbanismo de lo construido (donde se obvian funciones sociales, culturales, medioambientales, etc), la sociedad exige poder participar en los asuntos que afectan a su entorno, pudiendo ejercer sus derechos y responsabilidades sobre cuestiones públicas. Lo cual puede fomentar el movimiento social y la cohesión vecinal que reivindique una buena gestión del espacio público, su democratización y su regeneración basadas en el conocimiento y el intercambio técnico y ciudadano.

[2] Proveedores (Paisaje Transversal, 2012): Empresas, servicios, fundaciones, universidades, etc.

[3] Administración y técnicos.

– La administración porque posee un papel principal debido a la acepción jurídica de espacio público, ya que es un espacio de titularidad pública.

– La aportación técnica será fundamental debido la formación recibida y al (supuesto) conocimiento en cuanto a la trama histórica sobre la que se va a intervenir, a su experiencia profesional y a su potencial creativo. Además, se les debe exigir formación en metodologías participativas para facilitar la escucha activa y las propuestas nacidas de la cooperación ciudadana.

Pensando en #tEAtraeNuestroPatrimonio. Foto: Gema Luque Higueras

Para hacer efectivos estos modelos de gestión, también serán necesarios nuevos instrumentos y herramientas que incentiven la participación ciudadana, la innovación social y el trabajo entre disciplinas que “permitan planificar y evaluar en tiempo real el impacto de las intervenciones urbanas” (Paisaje Transversal, 2012). Estos elementos serán, entre otros, el empleo de las redes sociales, indicadores que permitan analizar el entorno a intervenir desde cuestiones objetivas y cualitativas, la convocatoria de acciones urbanas a pie de calle para realizar los sondeos y mapeos colectivos, y las sesiones comunitarias con dinámicas participativas donde se recogerán los deseos y necesidades de ciudadanos y usuarios.

Para que la participación no se limite a eventos puntuales de consulta y recogida de información ha de programarse, y tener claros tanto los objetivos como la finalidad del proceso participativo. Es aquí donde entra en juego la Metodología Investigación Acción Participación (IAP), donde “los grupos y las personas pasan de ser el objeto de estudio pasivo al sujeto activo protagonista de una investigación socio-práctica, crítica y dinámica en relación al espacio público y sus usos” (Márquez, 2014). Con estas nuevas propuestas de gestión urbana, se consigue “mirar la ciudad desde un punto de vista más humano, no sólo desde la arquitectura formal, sino desde las personas, los flujos, los movimientos, las actividades y las necesidades de la gente y del lugar” (Carrasco Bonet, 2011); rescatando al ciudadano como actor principal de los escenarios urbanos que ofrece la ciudad, para que deje de ser un mero espectador, generando al mismo tiempo sentimientos de identidad y pertenencia.

María Toro Martínez [Estudio Atope]

Bibliografía
** Borja, J., & Muxí, Z. (2000). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Barcelona.
** Carrasco Bonet, M. (Febrero de 2011). Blog de Mixité. Recuperado el 04 de Octubre de 2014, de Alison Smithson, un acercamiento particular a la realidad urbana: http://www.mixite.es
** Márquez, M. (2014). Una metodología para pensar la ciudad. En R. Fernández Contreras, V. González Vera, N. Nebot Gómez de Salazar (coord.), Pensar La Ciudad. Nuevas herramientas de regeneración urbana. Málaga: Malakatón, propuestas urbanas para el peatón.
** Paisaje Transversal. (2012). Paisaje Transversal. Recuperado el Abril de 2015, de http://www.paisajetransversal.com/2012/08/p-indicadores-participativos-2012.html

**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA CIUDAD VIVA**

El poder es la “capacidad relacional que permite a un actor social influir de forma asimétrica en las decisiones de otros actores sociales[1] (siendo estos los distintos sujetos de una acción determinada).

La práctica urbanística española se ha asociado, indisolublemente en los últimos años, a la especulación inmobiliaria, quedando su objetivo del bien común contaminado de puro mercantilismo (Montaner y Muxí, 2011). De la disconformidad con este urbanismo de lo construido donde los procesos urbanos han estado históricamente en manos de “técnicos (quienes poseen los saberes científicos) y políticos (quienes toman las decisiones)”[2], nacen colectivos y movimientos sociales que apuestan por la mejora de nuestro paisaje urbano trabajando de abajo hacia arriba en la gestión del espacio público desde lo común y lo colaborativo. Estos movimientos ciudadanos, o micropoderes fuera de la esfera política, abren con sus experiencias y acciones urbanas una ruptura con las estructuras de poder tradicional; y ponen sobre la mesa el debate acerca de la toma de decisiones en procesos urbanos.

Para fomentar la cohesión y el compromiso social, y garantizar la continuidad tanto de estos procesos informales como de los generados por parte de administraciones locales, será fundamental que los primeros cuenten con el apoyo de las instituciones y los segundos con la participación de la ciudadanía. Se han de fomentar espacios de diálogo capaces de reunir “tanto a los habitantes de las ciudades como a los que las gestionan y diseñan”[3]. Los requisitos iniciales que deberán tener dichos espacios para la colaboración de los distintos agentes, serán:

que las administraciones favorezcan el cambio en las estructuras de poder, siendo sensibles y atentas a los deseos locales, y teniendo en cuenta el contexto social, económico, cultural, etc., de cada momento. Deben integrar a los ciudadanos en los procesos urbanos, incorporando mecanismos políticos democratizados basados en la descentralización administrativa (Borja, 1988) y formando a sus técnicos en cuanto a procesos urbanos participativos; apostando por la planificación a distintas escalas, por lo local.

que el área de “urbanismo colabore con aquellas otras áreas que se ocupen del bienestar ciudadano”[4], como pueden ser el área de Asuntos Sociales, Cultura, Patrimonio, Educación y Juventud, Medio Ambiente, etc.

Para que un proceso participativo sea real, coherente, continuo y adecuado a su contexto, es necesario contar con todas las disciplinas involucradas en el proceso de hacer ciudad. Esto, además, asegura que será un proyecto completo del que todas las áreas de un municipio tendrán conocimiento, aportando cada una su visión, su experiencia y su campo de acción; eliminándose al mismo tiempo los problemas surgidos de la poca o nula coordinación entre concejalías.

Evaluar en todo momento el proceso participativo por parte de los distintos agentes para mejorar en las siguientes etapas y lograr la innovación social requerida. Este proceso de evaluación y auto-reflexión también poseerá un “componente estructural educativo donde los participantes se capacitan, aprenden y se empoderan”[5].

En todo este proceso será fundamental incluir el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), ya que la actual “sociedad red depende de redes de comunicación que procesan conocimiento e ideas para crear y destruir la confianza, fuente decisiva de poder”[6]. Ésta, junto con las diversas dinámicas de participación, es una buena forma de democratizar los procesos de gestión urbana y promover la co-responsabilidad, ya que ofrece facilidades para la participación y la representatividad tanto individual como colectiva.

El interés por realizar procesos participativos en espacios públicos se debe a la importancia de estos como contexto utilizado para las expresiones colectivas, para la construcción de la identidad y el sentido de pertenencia (García Ballesteros, 1992). Es más, el hecho de llevar estos procesos a la ciudad histórica, significa establecer marcos de relación con nuestra memoria colectiva, pudiendo descubrir en el paisaje urbano histórico nuestro propio rastro (Reclus, 1866), nuestras vivencias tanto individuales como colectivas. La ciudad existe en la medida que es apropiada por sus habitantes (Borja, 2005), cuanto mayor sea esta apropiación mayor será la responsabilidad compartida respecto al cuidado, protección, conservación y desarrollo del paisaje urbano histórico. Desde el contacto, la sensibilización, la educación, la equidad, la diversidad de lo local y la participación ciudadana, se ha de transmitir que “una sociedad que ya no sea capaz de entender el significado de su paisaje es una sociedad que ha perdido el legado cultural y que no transmitirá ningún mensaje en este sentido a las futuras generaciones”[7].

El Trébol, proceso de recuperación de la zona comunal del Barrio Ciudad de Cali, #Bogotá

 
Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo, Eduardo Galeano. (D.E.P.)
 
María Toro Martínez [Estudio Atope]
 


[[1]] CASTELLS, M. (2009) Comunicación y poder (p.33). Madrid: Alianza Editorial.

[[2]] MÁRQUEZ, M. (2014) Una metodología para pensar la ciudad. En R. Fernández Contreras, V. González Vera, N. Nebot Gómez de Salazar (coord.), Pensar La Ciudad. Nuevas herramientas de regeneración urbana (p.75). Málaga: Malakatón, propuestas urbanas para el peatón.

[[3]] MÁRQUEZ, M. (2014) Pensar la ciudad (p.75)

[[4]] SIERRA, I. (2015) ‪Ciudades para las Personas (p.309) España: Díaz de Santos

[[5]] MÁRQUEZ, M. (2014) Pensar la ciudad (p.77)

[[6]] CASTELLS, M. (2009) Comunicación y poder(p.41)

[[7]] SIERRA, I. (2015) ‪‎ Ciudades para las Personas (p.9)

 
**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA CIUDAD VIVA**
 

A lo largo de estos últimos años, debido a la disconformidad ciudadana y al uso cada vez más generalizado de las nuevas tecnologías de la información y comunicación, han surgido varios mapas que quieren mostrar el abandono y el desuso de ciertos inmuebles de reciente construcción, así como el despilfarro de dinero público por toda la geografía española. Muchos de estos mapas nacen de iniciativas sociales o políticas, y se realizan de manera individual o de forma colaborativa a través de diversas aplicaciones; como el que se está realizando para la ciudad de Jaén titulado “Jaén en ruinas”.

Todos están elaborados por ciudadanos que opinan sobre el urbanismo y la arquitectura de estos últimos años en España; sobre su producción, su calidad y su idoneidad urbana y social. Porque la arquitectura, pese a la endogamia que encierra nuestra disciplina (como tantas otras), se vive y se utiliza a diario. Y es este uso, su permanente exposición pública y su clara influencia en la gestión de las ciudades, lo que debería impulsarla a dialogar con el resto de profesiones, para hacerla llegar a la ciudadanía ahora que la comunicación es más fluida, más horizontal y menos jerarquizada.

Del análisis de uno estos mapas me surge la duda de cómo vemos las obras de transformación urbana los arquitectos y cómo las percibe el resto de la ciudadanía. En definitiva, cómo nos ve el resto de la sociedad. Y es que, en dicho mapa aparecen elementos (edificios, esculturas, etc) que la mayoría de arquitectos no hubiera incluido en una lista de horrores urbanísticos y que no se sabe muy bien a qué criterio responden.

Al igual que en otras disciplinas, es cierto que llegado determinado punto del debate son necesarios conocimientos más profundos y estudios específicos del tema a tratar. Pero no hay que olvidar lo mencionado anteriormente, que la arquitectura se utiliza a diario, forma parte de nuestra vida, de la cotidianidad de nuestro día a día, individual (casa) y colectiva (recorridos, trabajo, ocio, paisaje urbano, memoria común,…). Todo el mundo tiene claro cómo sería su vivienda ideal, cómo habitarla según sus necesidades; y a otra escala, algo parecido pasa también con los equipamientos públicos (tanto funcional como emocionalmente). Para abrir las miradas hacia una arquitectura que se inserte en las ciudades con un lenguaje contemporáneo, sigue siendo necesario que exista una comunicación más clara y directa con los ciudadanos.

Actualmente, en la ciudad de Granada se debate acerca de la idoneidad del nuevo acceso a la Alhambra: el proyecto Puerta Nueva de Álvaro Siza y Juan Domingo Santos. Y para acercar el proyecto a la ciudadanía, hace unos días se inauguraba en el Museo del Palacio de Carlos V una exposición sobre el mismo: ‘Visiones de la Alhambra/Álvaro Siza’. Así se promueve un debate necesario (en un momento ideal por el punto en el que se encuentra) porque es un proyecto de ciudad, que afecta a Granada y a los granadinos, y que debido a su emplazamiento sobrepasa sus fronteras.

En éste, como en muchos otros proyectos, vale la pena detenerse. Comprobar las necesidades que a día de hoy posee el monumento y cómo las cubre la intervención propuesta por Siza y Santos. No quedarse sólo en formas, volúmenes y apariencias, porque la arquitectura parte de un programa (deseos y necesidades) que se elabora, se modifica y se ejecuta hasta el detalle. Una arquitectura que suele estar llena de relaciones invisibles que juegan con los recorridos, que dialogan con el entorno, que incluyen preexistencias y referencias que se enhebran con un lenguaje contemporáneo hasta articular el conjunto del proyecto. Y esto a veces se hace con una genialidad tal que llega a resultar incluso mágico, y es por esta sensación descubierta, que deberíamos ser capaces de contarla.

Maqueta del proyecto Puerta Nueva

* Mientras se redactaba este post, también ha surgido un reto: realizar un mapa colaborativo mostrando la buena arquitectura. Te animo a participar. Pincha aquí.

María Toro Martínez [Estudio Atope]

 
**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO POR LA CIUDAD VIVA**
 

Una Acción Urbana se define, de manera general, como una transformación efímera a pequeña escala (normalmente también a bajo coste), cuyo objetivo es dinamizar un espacio público infrautilizado u olvidado y cederlo a los ciudadanos durante un espacio de tiempo.

Las acciones urbanas surgen de una realidad: de numerosos lugares vacíos y abandonados que existen en nuestras ciudades. Bien por ser vacíos históricos (de larga duración) o bien porque la burbuja inmobiliaria los dejó huérfanos de promotor y/o proyecto.

Y también surgen de un deseo. Del deseo ciudadano de aprovechar y desarrollar el potencial albergado por estos lugares para ser regenerados y transformados en espacios para la ciudadanía; y del deseo de una nueva generación de arquitectos que quieren escuchar a la hora de proyectar, abriendo una brecha –llena de posibilidades- con la enseñanza y la práctica tradicional y académica de la ordenación de la ciudad. Con estas prácticas participativas, se devuelve el papel protagonista de unos pocos a otros muchos actores implicados, empezando a “mirar la ciudad desde un punto de vista más humano, no sólo desde la arquitectura formal, sino desde las personas, los flujos, los movimientos, las actividades y las necesidades de la gente y del lugar” (Carrasco Bonet, 2011).

Las estrategias basadas en acciones urbanas participativas, se basan en generar sentimientos de identidad, vinculados a lo cercano, lo local, lo emotivo, lo concreto, lo cercano, lo vivencial, lo subjetivo y lo cotidiano; ya que al no sentirnos ajenos a nuestras ciudades, asumimos la co-responsabilidad del acto de hacer ciudad, comprometiéndonos con el mantenimiento de sus valores. Al mismo tiempo, cuanto más nos reconocemos como parte de un lugar, más nos hacemos custodios y responsables del mismo, garantizándose la continuidad de los procesos participativos urbanos. Por lo tanto, el primer paso para generar un proceso participativo, será el de “crear marcos de memoria y relación entre la gente, vinculándolos a un lugar concreto. La sensibilización, la educación, el contacto y el conocimiento del territorio, deben empezar a considerarse aspectos tan básicos como la legislación o las metodologías de gestión” (Fariña, 2014).

#AcciónUrbana en Jaén, #PROYECTOrEAcciona. Imagen: @estudioatope

Los procesos participativos han de partir del hecho de mejorar las condiciones de existencia y la calidad de vida, teniendo como base los recursos y potencialidades del contexto en el que van a tener lugar, adaptándose a cada caso. Cada acción propuesta y realizada nos ofrece herramientas y oportunidades urbanas que todos los ciudadanos (administración, técnicos, etc) debemos regularizar, aprender a manejar y aprovechar para establecer pautas que regeneren y conecten el tejido urbano a través de espacios simbólicos donde fomentar la participación ciudadana.

Realizar acciones urbanas en dichos lugares supone re-habitarlos de nuevo (si es que alguna vez lo estuvieron) para apropiarnos de ellos a través de su uso, de la memoria y el imaginario colectivos. Dicha apropiación servirá como herramienta de proyecto en la elaboración de procesos urbanos basados en la participación ciudadana, estableciendo lazos de identidad tanto con nuestra propia historia individual, como con la historia común de nuestros barrios, siendo nosotros mismos parte de la memoria colectiva del lugar.

La propuesta de elaborar actividades en estos vacíos para transformarlos en espacios públicos, significa establecer conexiones emocionales que generen la apropiación emocional indispensable en la identificación del individuo con el espacio (Smithson, 1970). Ya que “habitar implica reconocernos e identificarnos con nuestro entorno. La identidad se construye en base a la relación con distintos factores, y principalmente, a nuestra relación con los objetos y con el espacio” (Morelli, 2009).


El derecho a la ciudad no sólo es el acceso a sus recursos, sino también el derecho a reinventarla (Henri Lefebvre, 1968).

María Toro Martínez [Estudio Atope]

 
**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA CIUDAD VIVA**
 

La Custodia del Territorio se basa en fomentar la mejora del paisaje, la conservación de la biodiversidad y la gestión del territorio mediante contratos y acuerdos entre:

– el propietario de un terreno y/o los usuarios de tierras de cultivo, montes, granjas y otros recursos naturales

– las entidades de custodia y/o con las organizaciones públicas o privadas que trabajen para conseguir los objetivos anteriormente mencionados.

Es decir, se trabaja con este concepto para ámbitos rurales y agrícolas que posean valores naturales, culturales y paisajísticos que sean susceptibles de proteger. Donde los propietarios, de manera voluntaria, se comprometan a cuidar y mantener el patrimonio natural y cultural de sus fincas y, a cambio, a recibir apoyo, asesoramiento e incluso nuevas oportunidades para solicitar ayudas o poner en marcha iniciativas de desarrollo sostenible. Estas entidades también trabajan en acuerdos con terceros, es decir, con un propietario que cede su terreno a otra persona y/o asociación para su cuidado, mejora, explotación y conservación.

Desde hace tiempo, estas prácticas se intentan trasladar a la ciudad, a lo urbano, para establecer convenios tanto en espacios públicos como en inmuebles que tengan valores a proteger, promover o implementar; o bien, en aquellos elementos que tengan potencial (por su situación urbana, histórica o social) para generar dichos valores, entre los que se pueden destacar los culturales, históricos, arquitectónicos, urbanísticos, estéticos y, por supuesto, también los sociales, educativos, identitarios y colectivos.

Surge así el concepto de Custodia Urbana, que pretende negociar acuerdos entre administraciones o particulares con asociaciones y colectivos que realicen una función de interés público y cultural para la ciudad. Hay varias experiencias a lo largo del panorama nacional que están intentando elaborar estrategias urbanas y sobre todo, administrativas, que les permitan crear un marco legal en el que poder convivir con los poderes públicos y seguir con su labor social. Este marco legal, daría garantías para asegurar la continuidad en el tiempo de dichos proyectos urbanos, integrando a todos los actores que intervienen en la custodia de los espacios urbanos.

 

Ésta es una plaza - Lavapiés, Madrid (Imagen: Sebas Navarrete)

La gestión de estos espacios residuales, abandonados y olvidados que existen en la gran mayoría de nuestras ciudades y municipios, materializan la idea de “un nuevo mundo a través de sus desechos” (Pier Paolo Pasolini, 1968), transformándolos en espacios para la ciudadanía, la colectividad y el bien común. Generando nuevas formas de organización y vida en común en el espacio público, manteniendo así su condición de agente socializador como extensión de nuestros hogares (ocio, juego, encuentros y desencuentros) y nuestras escuelas (educación y responsabilidad urbana).

Más allá del concepto, de su definición, sus objetivos y sus bondades; para que los acuerdos sean efectivos y reales, es necesaria la apuesta de las instituciones por este tipo de prácticas, actualmente alegales. Consultando a expertos en Custodia del Territorio acerca de cómo se podría superar la problemática de ciertos colectivos de la ciudad de Madrid, que están viendo cómo se acerca peligrosamente el fin de su actividad debido a que los acuerdos de cesión con el ayuntamiento o con particulares, no se “pueden” renovar, nos confirmaban que es la voluntad entre las partes (política y vecinal) la que ha de velar y negociar la continuidad de los acuerdos. Y que cada uno de estos convenios será específico para cada caso, ya que por el momento, no existe ese anhelado marco legal en el que ampararse para conseguir que un proyecto permanezca durante el tiempo que no se use o explote un solar o edificio abandonado (ya sea con el mismo colectivo o con la sucesión de diferentes colectivos).

Para esto, son necesarios varios factores:

1. que la administración sea sensible a los movimientos sociales que tienen lugar en sus ciudades y se reúna con sus ciudadanos para mejorar la gestión de las ciudades. Mirar hacia otro lado y ser ajeno a la realidad, no es la solución

2. aprender de ejemplos extranjeros (como el ejemplo de París)

3. que en los encuentros que hablen sobre participación ciudadana (ya sea para reactivar un solar, un inmueble o para dar a conocer el patrimonio cultural de un determinado lugar) cuenten con administración y colectivos (conocimientos técnicos y sociales)

4. voluntad de todas las partes implicadas para generar acuerdos que faciliten la gestión o autogestión de dichos espacios.

 

En la actualidad, existen experiencias que consiguen reactivar espacios donde la convivencia y la organización vecinal generan focos de actividad cultural, social y educativa que hacen revivir la esperanza de que en lo común se encuentra nuestra identidad ciudadana, que en vivir lo público residen parte de nuestras vivencias y de nuestra personalidad, de nuestra educación y nuestro comportamiento cívico. Y de que a través del empoderamiento ciudadano, de sentir que la ciudad es de todos y que podemos participar en la gestión de espacios urbanos en los que aprender en la vecindad y de la vecindad, pueden mejorarse nuestros barrios, nuestras ciudades.

“El derecho a la ciudad no sólo es el acceso a sus recursos, sino también el derecho a reinventarla” (Henri Lefebvre, 1968).

C/ Pez - E.P.A. Patio Maravillas (Espacio Polivalente Autogestionado)

 

María Toro Martínez [Estudio Atope]

 
**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA CIUDAD VIVA**
 

Hace un mes asistimos como ponentes al seminario “Protección y gestión del Paisaje Urbano Histórico”. Un encuentro organizado por la comisión ‘Patrimonio y Ciudad’ del Grupo Ciudades Patrimonio de la Humanidad, destinado a técnicos y responsables de diferentes administraciones (local, autonómica y estatal) así como a estudiantes, profesionales e investigadores de áreas como urbanismo, arquitectura, arqueología, historia, arte, geografía, sociología, etc. Nuestra ponencia versaba sobre la realidad o la ficción de la participación ciudadana como estrategia urbana dentro de los nuevos modelos de gestión de nuestras ciudades. Rodeados en esta ocasión, por técnicos y funcionarios, nuestro entusiasmo por los pequeños logros ciudadanos que estábamos llevando a cabo en Jaén en espacios públicos y solares abandonados del conjunto histórico, se vio tanto alentado como criticado.

Una vez terminado el seminario, comenzamos a analizar los comentarios recibidos, que podemos resumir en:

>> La participación ciudadana es peligrosa y se utiliza como moneda de cambio: quiénes son los ciudadanos buenos y quiénes son los malos.

>>Sois demasiado jóvenes, optimistas y utópicos. Los modelos de autogestión propuestos, así como las acciones urbanas participativas son complicadas de introducir en los modelos actuales de desarrollo urbano.

>>Es imposible que participe todo el mundo.

>>Los asistentes no tenían conocimiento de movimientos ciudadanos que están intentando modificar las formas tradicionales del urbanismo y la arquitectura (es más, pensaban que nuestras acciones eran casi exclusivas).

Hemos estado ya en varios congresos, encuentros y seminarios sobre reciclaje urbano y también sobre la protección, conservación y desarrollo del patrimonio. Todos con el objetivo de querer reunir a los distintos agentes mencionados anteriormente: tanto los que trabajan en procesos top-down (administración) como los que están trabajando en estrategias basadas en el bottom-up (colectivos ciudadanos). Y en todos ellos hemos encontrado un punto débil: no hay interacción. Es decir, a los encuentros organizados por colectivos implicados en empoderamiento ciudadano e innovación social, asisten personas con los mismos intereses; y a los organizados por instituciones y/o administraciones, acuden técnicos y funcionarios.

Pocas veces hay diversidad de público en estos encuentros. Y no por falta de interés de los organizadores, o porque no tengamos el mismo objetivo (hacer ciudad), sino que se debe más bien a que las administraciones nos ven como enemigos (y además, enemigos no rentables) y los colectivos vemos a la administración, a sus técnicos y funcionarios, como una barrera infranqueable y conservacionista.

Desde nuestra pequeña experiencia en los proyectos de participación ciudadana #rEAvivaJaén y #PROYECTOrEAcciona para la dinamización de espacios públicos y la regeneración de solares abandonados, hemos tenido tanto acogida como rechazo, trabajando con técnicos que apostaban por el cambio y con otros que nos miraban incrédulos ante nuestras propuestas. Y a día de hoy, podemos afirmar que trabajar con la administración es un proceso lento que requiere de grandes dosis de paciencia por ambas partes. Fue en el seminario de Cuenca donde nos decidimos a seguir esforzándonos y confiando en la energía vecinal del conjunto histórico que se ha unido para defender y mejorar el patrimonio de la ciudad. Y todo gracias a una pregunta que nos lanzó una concejala: ‘¿creéis que el ayuntamiento debería seguir esforzándose por un barrio en el cual cada vez hay menos gente?’. Sí, lo creemos (es más, seguramente su situación actual parta de estos interrogantes). Y seguiremos luchando por mejorar este conjunto histórico entre todos, aun sin cristales en las farolas.

Es más, nos sentimos confiados en el proceso de cambio gracias a la reunión esta semana de #MadridLaboratorioUrbano en Media Lab Prado, un encuentro donde se reunieron colectivos, arquitectos, funcionarios del ayuntamiento de Madrid y especialistas en derecho local, urbanismo, derecho asociativo y seguros y responsabilidad civil. La problemática de los colectivos era similar: cómo negociar con las administraciones sin representar un peligro, cómo optar a la cesión de un espacio público, un solar o una infraestructura para realizar actividades en beneficio de la ciudadanía y cómo prolongar estas cesiones en el tiempo. Y para la administración surgía la duda de quién tiene la responsabilidad de esos espacios una vez cedidos, y el por qué renovar la cesión a un colectivo y no a otro.

Por lo tanto, está claro que algo debe cambiar en ambas direcciones, ya que entretejer nuestras experiencias y conocimientos puede mejorar nuestras ciudades. Y el logro no estará totalmente realizado si no se empieza una escucha activa desde arriba y desde abajo. Debemos dejar de vernos como enemigos y empezar a mirarnos como oportunidades, como colaboradores, ya que trabajamos por un objetivo común: mejorar nuestros barrios y devolver la calle al ciudadano (aunque esto último ya de por sí puede representar una amenaza). Nuestros lenguajes son diferentes aunque hablemos del mismo tema, y es por esto que surge la falta de entendimiento.

Reflexionando sobre estas jornadas, podemos concluir que:

>> debería existir una figura jurídica representativa para colectivos que deseen autogestionar determinados espacios en la ciudad, y con la que la administración pueda negociar.

>> se empieza a trabajar con el concepto de custodia urbana, un término empleado en suelo agrario, y que trasladado a la ciudad consistiría en facilitar la participación de la ciudadanía para la conservación de un espacio para su utilización realizando acciones de interés social y general.

>> se ha de reconocer el valor social de actividades promovidas por la ciudadanía.

Entre todos los ciudadanos que trabajamos de forma distinta (y en esto radica la riqueza de nuevas experiencias), podemos explorar formas de convivencia distintas y construir nuevas formas de hacer ciudad.

 

María Toro Martínez [Estudio Atope]

 
**ARTÍCULO ORIGINAL PUBLICADO EN LA CIUDAD VIVA**
 

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