>> Urbanismo y Gestalt (I): El todo es más que la suma de las partes

El todo es más que la suma de las partes

El concepto de Gestalt fue desarrollado originalmente por un grupo de psicólogos alemanes que trabajaban en la percepción. Ellos demostraron que el hombre no percibe las cosas como entidades sin relación y aisladas, sino que las organiza mediante el proceso perceptivo, en totalidades significativas o figuras globales que constituyen algo mayor que la mera suma de esas entidades.Como consecuencia, la Gestalt propone contemplar al ser humano tal cual es, como un todo, un entero, y examinar su comportamiento tal cual se manifiesta en el nivel aparente de la actividad física y en el nivel inaparente de la actividad mental. En resumen, la premisa básica de la psicología de la Gestalt es que la naturaleza humana se organiza en formas o totalidades y es vivenciada por el individuo en estos términos. Por ello, se aboga por una visión holística de la vida y por intentar conseguir una integración del mundo cerebral, emocional y conductual.

Llevándonos esta máxima de que “el todo es más que la suma de sus partes” al terreno de la ciudad, a sus calles y edificios, parece lógico pensar que las ciudades tienen una entidad propia que es mucho más que la suma de sus vacíos (calles y plazas) y sus llenos (edificios) practicados por ciudadanos. No es sólo arquitectura, son infinitas disciplinas las que componen la ciudad y las que hacen falta para diseñarla, mejorarla y protegerla. Es más, cada parte se interrelaciona con las demás como piezas de un puzzle que encajan, se superponen y conviven para conformar algo únicoy característico (especialmente en los centros históricos). Sin embargo, en el panorama actual las ciudades están perdiendo su identidad: “La ciudad es hoy en día un rompecabezas inconexo que se produce por fragmentos y a saltos tantas veces impredecibles, con un sentido de comunidad decreciente” (Freire, 2011). ¿Qué está ocurriendo con las ciudades?, ¿hacia dónde vamos? “Cada ciudad, permíteme que te diga, tiene su propio olor”, escribía E.M. Forster en ‘Una habitación con vistas’. ¿Sigue siendo esto verdad o las ciudades cada vez huelen más igual? Uno de los aspectos más negativos de la globalización es la homogeneización que, por supuesto, también afecta a las ciudades. Se quieren bares con la misma imagen, barrios históricos que presenten un mismo escenario tematizado y turistificado, etc, etc. Una de las consecuencias derivada de estas prácticas es la pérdida de identidad de las ciudades, del desvanecimiento de su historia, cuando su riqueza está en percibirlas tal como son, identificarlas y disfrutar de las cualidades de cada una de ellas: el frío del norte, la calidez del sur, la silla en la puerta de la casa,…

Jacobs (1961) se preguntaba qué es lo primero al pensar en una ciudad: sus calles. En todas, no sólo unas pocas. No podemos quedarnos con la experiencia de unas cuantas, sino con la suma de la red urbana. Si hago esto, si me quedo, por ejemplo, con que “en Jaén no hay na‘”, estoy negando la parte viva, patrimonial y creativa que sí ofrece posibilidades a la ciudadanía. “Cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés; cuando presentan un aspecto triste, toda la ciudad parece triste. Cuando la gente dice que una ciudad o parte de la misma es peligrosa o que es una jungla, quiere decir principalmente que no se siente segura en sus aceras”. Hay una clara diferencia en cómo nuestros niños se relacionan ahora con la calle: antes solíamos jugar solos en la calle, ir solos al colegio, que no era tanto ir solos sino acompañados por otros padres que iban en el camino al cole, por los ojos de la panadera de la esquina, del frutero que todos conocían. Podíamos jugar en la plaza con los demás niños hasta que alguna madre nos llamaba desde la ventana. Ahora esto es impensable, inseguro. Según Tonucci (2016) les hemos quitado autonomía a los niños (“muchos de los males actuales de la juventud se deben a que los niños salen del cascarón tarde, con demasiadas ganas de vivir todo aquello que no han podido hacer bajo la tutela de las personas adultas”) y las calles son inseguras porque no hay niños en ellas (“Su presencia obliga a los adultos a tener cuidado. Son la seguridad más barata y sencilla”). Si una calle es segura, habrá niños y mayores, “un niño que se mueve con sus progenitores es un hecho privado. Aunque se porten mal los padres, no es fácil intervenir. Un menor que va solo es un hecho público. Por malos que seamos, prácticamente nadie rechaza ayudar a un niño” (Tonucci, 2016). “Si una ciudad es adecuada para la vida cotidiana de los niños quiere decir que es una ciudad segura, con poco tráfico, escasa delincuencia, con redes sociales estables en los barrios que cuidan colectivamente de sus niños” (Raedó, J.).

 

Juanjo Imbernon Barbudo, Psicólogo

María Toro Martínez, Arquitecta

 

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