>> Urbanismo y Gestalt (II): El contacto

El contacto

Todo esto nos lleva a un concepto fundamental en Gestalt: el contacto. A través del contacto cada ser humano tiene la posibilidad de encontrarse en forma nutricia con el mundo exterior, realizando una incorporación o intercambio de alimentos, afectos, etc. Como dijo Perls (1976): “el contacto empieza a funcionar cuando se encuentra el sí mismo con lo que le es ajeno”.

Una de las características del neurótico es que no puede establecer un buen contacto ni organizar su retiro de él. Su ritmo contacto-retiro está descompuesto. El contacto y el retiro, en su forma rítmica, son nuestros medios de satisfacer nuestras necesidades, de continuar los procesos siempre en transcurso que constituyen la vida misma. Este “conectarse con” y “retirarse del” ambiente, esta aceptación y rechazo del ambiente, son las funciones más importantes de la personalidad integral. Todas las perturbaciones neuróticas surgen de la incapacidad del individuo de encontrar y mantener el equilibrio adecuado entre sí mismo y el resto del mundo (Perls, 1976).

Pensemos ahora en nuestras ciudades, pueblos y barrios. Los centros históricos, cada vez más preparados para ser escenarios para el turista y especializados en albergar usos administrativos, con unos horarios de vida durante el día que lo dejan muerto durante la noche. Si una ciudad dormitorio no tiene servicios suficientes como espacios para los niños, tiendas donde comprar lo básico, equipamiento sanitario, etc, se convierten en calles fantasma por las que sólo circulan vehículos. No hay contacto, ni con nuestro entorno, ni con otros ciudadanos. Y como se sostiene desde la Gestalt, el contacto es una de las principales necesidades psicológicas del ser humano. La persona que puede vivir en un contacto significativo con su sociedad, sin ser absorbido enteramente por ella y sin retirarse completamente de ella, es la persona bien integrada. El fin de la psicoterapia es que las personas sean capaces de alcanzar este estado. Por lo tanto, si construimos o fomentamos espacios fríos, mecanizados, sin vida… si construimos un entorno que evite el contacto en lugar de propiciarlo, promovemos la individualidad, la soledad, la falta de confianza y seguridad tanto en la propia calle como en las demás personas.

Probablemente, los límites de la exposición sean uno de los principales obstáculos con los que nos encontramos en la calle para actuar en consonancia con nuestras necesidades (de contacto). Es el temor de ser mirado, observado, reconocido. Es el temor a ser etiquetado, a llamar la atención, a hacer el ridículo. Está íntimamente unido al juicio negativo que los demás hagan de nosotros. El estar viviendo de acuerdo a lo que llamamos “de cara a la galería” consume una gran cantidad de energía y, a la larga, nos crea confusión y alejamiento de nosotros mismos. Nuestra identidad y personalidad se pueden ver afectadas profundamente, y toda nuestra persona sufre con esta actitud de aparentar lo que no es.

Pero como dijimos antes, no sólo el contacto es imprescindible, también la retirada. El ritmo contacto-retirada es necesario para el buen funcionamiento del organismo, y la ciudad es un escenario perfecto para practicar y nutrirnos de ese conectarse y desconectarse que tanto necesitamos. Es una fuente inagotable (de momento) de: yo te toco, te hablo, te escucho, te sonrío, te conozco, te quiero, y también me desconecto y estoy solo. En el proceso normal de crecimiento aprendemos por ensayo y error, poniendo a prueba nuestra vida y nuestro mundo, tan libre e ininterrumpidamente como sea posible, y esos espacios que compartimos con otras personas son el laboratorio perfecto para ensayar y errar, y por tanto, crecer.

Como señala Ángeles Martín en su libro “Manual práctico de psicoterapia gestalt”, la persona finaliza el contacto por varias razones: porque ha quedado satisfecho con el intercambio realizado, porque vive la vida de forma apresurada y pasa de una cosa a otra sin haber concluido la situación anterior o cuando, en su fantasía, imagina que una amenaza se aproxima. Tristemente, el primero de los tres es el menos frecuente de todos en lo que se refiere a los intercambios humanos que tienen lugar en la calle. Otras formas de interrumpir el contacto serían: Clavando la mirada rigidizándola, no mirando (solemos pensar que si no miramos a los demás, los demás tampoco nos miran a nosotros) o mirando sin ver (actitud bastante extendida). La mayoría de las veces no recordamos las características de los lugares que visitamos, circulando por el mundo mirando sin ver.

La calle puede ser un gran laboratorio urbano y social para entender y ser conscientes de cómo somos, desde dónde hacemos las cosas y cómo nos movemos a diario. Ésta es entendida básicamente como una formación lineal y constituye el elemento de transición entre espacios privados y públicos. A día de hoy, la mayoría de nuestros trayectos los realizamos en coche, los contactos cotidianos en las aceras disminuyen, las tiendas de barrio son unas supervivientes, los centros comerciales aumentan su número y los habitantes de los núcleos tradicionales son expulsados de sus barrios bien por olvido institucional bien por convertirse en barrios de moda en los que son incapaces de vivir. Si perdemos estos espacios de transición, lo privado y lo público quedarán cada vez más alejados entre sí.

En este proceso de distanciamiento y aislamiento que nos produce el miedo, la rutina, el estrés y la desconfianza perdemos las oportunidades que la calle nos brinda para desarrollarnos como seres humanos a través de su diversidad, impredecibilidad, espontaneidad y caos. La Gestalt nos dice que seamos capaces de disfrutar del caos, de la casa revuelta,… eso quiere decir que hay vida, que hay gente usando esa casa. Jacobs (1961) abogaba por el caos que es inherente a un lugar donde cohabitan millones de personas. Ella era una decidida partidaria de un proyecto de ciudad y una filosofía de la planificación urbana que no dieran la espalda a la vida y el desorden que necesariamente ésta conlleva. Cuanto más planifico y ordeno un espacio público, menos vida y diversidad dejo que exista. Por ejemplo, el espacio público privatizado mediante las terrazas de los bares y despojado de bancos y espacios para estar sin hacer gasto, determina el tipo de consumidor (no ya usuario), los horarios en los que hay ojos en la calle y discrimina a las clases con menos poder adquisitivo. “Hay que proteger la vivacidad: un gran exceso de control genera ciudades más funcionales, más secas, menos creativas”, Mary Rowe. En la misma línea, Tonucci defiende que en “la ciudad histórica, alrededor del mercado, el símbolo del encuentro, había ricos y pobres […] Eso enriquecía la ciudad. La llegada de la gente del campo para trabajar en la industria fomentó la periferia y la desertización de los centros históricos, que compraron los bancos y el comercio. Tras la Segunda Guerra Mundial, las ciudades se diseñaron para hombres adultos y con trabajo. Se pensaba que si eran buenas para el jefe de la familia, lo serían también para sus mujeres y los hijos”. Crear un lugar específico para ellos (como los parques especializados) es una forma de segregarlos, de excluirlos.

El ideal de una comunidad democrática es crear una sociedad con las mismas características, una comunidad en la cual, a medida que sus necesidades lo determinen, cada miembro participe en beneficio de todos. Tal sociedad se desvela por su contacto con sus miembros; y el límite entre el individuo y el grupo está claramente delineado y es claramente sentido. El individuo no está al servicio del grupo, ni el grupo está al servicio de algún individuo. El principio de homeostasis, de autorregulación, gobierna dicha sociedad.

Fotografía tomada por Jose Jurado en Villanueva del Duque (Córdoba) en verano de 2011

Juanjo Imbernon Barbudo, Psicólogo

María Toro Martínez, Arquitecta

 

 

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